Para profesores · Gestión del tiempo

Corregir tareas de matemáticas automáticamente: qué se puede delegar en una máquina y qué no deberías delegar nunca

Por Antonio Gallego · Profesor de Primaria, Málaga

Empecemos por donde empiezan las matemáticas: por la cuenta.

Un minuto por cuaderno. Es lo que se tarda, con honestidad, en mirar diez operaciones de un alumno, encontrar el fallo y poner una marca. A veces menos, a veces bastante más, cuando la letra es la que es.

Corrección de cálculo · un curso
Alumnos en el aula 25
Minutos por cuaderno ×1
Tareas por semana ×4
Semanas de curso ×35
Total 58 horas

Más de siete jornadas laborales completas. Solo corrigiendo cálculo. Sin contar problemas, ni fichas, ni exámenes.

Cincuenta y ocho horas de tu vida al año poniendo palotes rojos junto a divisiones mal hechas. Y lo peor no es el tiempo: es que ese trabajo, hecho a mano, llega tarde. El alumno recibe la corrección dos días después de haber cometido el error, cuando ya no se acuerda ni de qué estaba pensando cuando lo cometió.

La corrección automática existe precisamente para esto. Pero antes de encender nada, conviene separar dos palabras que usamos como sinónimos y no lo son.

Corregir no es evaluar

Corregir es comparar un resultado con la respuesta correcta. Es una operación mecánica, aburrida, y una máquina la hace mejor que tú: no se cansa, no se salta una línea, no le influye que el alumno sea el simpático de la clase.

Evaluar es otra cosa. Es entender por qué ese alumno ha fallado, decidir qué hacer mañana con él, y saber si el error es suyo o mío. Eso no lo hace ninguna máquina.

Delega en la máquina

Trabajo mecánico
  • Comprobar si 348 ÷ 4 = 87.
  • Contar cuántas ha acertado.
  • Registrar quién ha entregado y quién no.
  • Avisar al alumno en el mismo segundo.
  • Guardar el histórico de todo el curso.
  • Agrupar los fallos por tipo de error.

Quédate tú

Trabajo de profesor
  • Decidir qué significa que quince fallen lo mismo.
  • Ver que el error no está en la división, está en la resta.
  • Saber que Lucía falló porque anoche pasó algo en casa.
  • Cambiar la clase de mañana en consecuencia.
  • Decirle a un niño, mirándole, que ha mejorado.
  • Hablar con la familia.

Todo el sentido de automatizar la columna izquierda es tener tiempo y datos para hacer bien la derecha. Si automatizas y usas las horas que ganas en corregir más cosas, no has ganado nada.

Los cinco niveles de automatización

No hace falta saltar del papel a la plataforma. Se puede subir un escalón cada trimestre, y cada escalón ya te devuelve tiempo.

Nivel 0

Corriges tú, cuaderno a cuaderno

Donde estamos casi todos. Máximo control, corrección tardía, y esas cincuenta y ocho horas.

Nivel 1

Proyectas las soluciones y corrigen ellos

Gratis, inmediato y funciona. El problema conocido: el alumno cambia el resultado con el lápiz y tú no te enteras. Sirve para el que ya quiere aprender.

Nivel 2

Corrección cruzada entre compañeros

Se corrigen entre ellos con la hoja de respuestas. Enseña mucho —descubrir el error de otro es de las mejores actividades que existen— pero te deja sin datos y hay que vigilar los pactos de no agresión.

Nivel 3

La plataforma corrige y registra

El alumno resuelve en pantalla, sabe al instante si acierta, y a ti te queda el registro. Aquí desaparecen las cincuenta y ocho horas de golpe.

Nivel 4 · el que importa

La plataforma te dice qué error ha cometido

No «6 de 10». Sino: los cuatro fallos son restas llevando. Ese salto es el que convierte la corrección automática en una herramienta de enseñanza y no en un simple ahorro de tiempo.

Saber que Juan tiene un 6 sobre 10 no me sirve de nada. Ya lo sabía.

Saber que los cuatro fallos de Juan son restas llevando, y que le pasa lo mismo a otros nueve alumnos, cambia mi clase de mañana. Ese es el único motivo por el que merece la pena automatizar la corrección.

El error de automatizar sin mirar

He visto compañeros montar el sistema, mandar las tareas durante un mes, y no abrir ni una vez el panel de resultados. La corrección automática les había quitado el trabajo tonto y también el contacto con lo que hacían sus alumnos.

Un porcentaje de aciertos no es información. Es un número que tranquiliza. La información aparece cuando ves que el 60% de la clase falla el mismo tipo de operación, y entiendes que ayer explicaste algo mal. Eso duele un poco y por eso hay que mirarlo.

Mi rutina de los martes, y de todos los días

Dos minutos, antes de que suene el timbre. No exagero.

Dos minutos, con el café en la mano
0:00

Abro el panel. Miro quién no ha entrado. Esos nombres, a la libreta. No para castigar: para preguntarles al entrar.

0:40

Miro el error más repetido de la clase. Si lo comparten más de un tercio, se convierte en los cinco primeros minutos de mi clase de hoy.

1:20

Miro a los tres de siempre: los que van justos. ¿Han practicado? ¿Aciertan más que la semana pasada? Si sí, se lo digo hoy, en voz alta, delante de todos.

1:50

Preparo la tarea de esta tarde. Al que va justo le bajo el nivel sin decir nada. Nadie en la clase se entera.

Ese último punto, el de mandar tarea distinta a tres alumnos sin que la clase lo note, es imposible con fotocopias. Con las tareas online son dos clics, y es probablemente lo más útil que hago en toda la semana.

Lo que no automatizo nunca

Los problemas. Necesito ver el planteamiento, no el resultado. Un alumno puede acertar un problema por casualidad y suspenderlo conceptualmente, y eso solo se ve leyendo lo que ha escrito.

El algoritmo escrito. La cuenta de dividir a mano, con sus restas parciales colocadas. Ahí el proceso es el contenido. Una pantalla te dice si el cociente está bien; no te dice que lo hizo mal y le salió bien.

El primer día de un tema nuevo. Cuando un contenido acaba de darse, el error es información demasiado valiosa como para que la vea solo una máquina. Ese día corrijo yo, a mano, y aprendo más que ellos.

La conversación. Ningún panel sustituye a acercarte a la mesa de un niño, mirar su cuaderno, y preguntarle por qué ha empezado por ahí.

Lo que ganas de verdad

No son cincuenta y ocho horas. Es que la corrección llega en el segundo correcto —cuando el alumno todavía se acuerda de lo que estaba pensando— y que tú, por primera vez, sabes el lunes por la mañana lo que antes descubrías en el examen de mayo.

Automatizar la corrección no es dejar de corregir. Es dejar de hacer de calculadora para empezar a hacer de profesor.

Que se corrijan solas esta misma semana

Creas la clase, eliges la operación exacta que diste hoy y mandas la tarea. El alumno sabe al instante si acierta. Tú, al día siguiente, ves quién no ha entrado y en qué falla cada uno — no el porcentaje, el tipo de error.

Ver cómo funciona →
AG
Antonio Gallego — Profesor de Educación Primaria en Málaga y fundador de Calculalo.app. Hizo la cuenta de las 58 horas un domingo por la noche, corrigiendo cuadernos.

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