Opinión · La realidad de los deberes

El problema de los deberes no es si mandarlos o no. Es todo lo demás

El debate público sobre los deberes está mal planteado. Se discute «sí o no» mientras en las aulas el problema real es otro: profesores sin tiempo para corregir, familias que no pueden ayudar, y una brecha que crece justo donde nadie mira.

Por Antonio Gallego · Profesor de Primaria, Málaga

Cada cierto tiempo vuelve la polémica de los deberes a los medios, siempre con la misma pregunta: ¿hay que mandar deberes o no? Y cada vez que la oigo pienso lo mismo: esa no es la pregunta. O no es la única, ni la más importante.

Llevo suficientes años en un aula como para haber visto de todo, y te aseguro que el problema de los deberes no se resuelve con un sí o un no. El problema son las condiciones en las que se mandan, se hacen y se corrigen. Y esas condiciones han cambiado mucho más deprisa que el debate.

Voy a contarte cómo se ve esto desde dentro, sin la retórica de los titulares. Porque quien manda los deberes, quien los sufre en casa y quien tendría que corregirlos vive una realidad bastante distinta de la que se discute en la tertulia.

Dónde va, de verdad, el tiempo de un maestro

Empecemos por una cosa que casi nunca se cuenta. Se da por hecho que si un profesor manda deberes, luego los corrige con calma, uno a uno, y devuelve a cada alumno una respuesta cuidada. Ojalá. La realidad es que el tiempo del docente se reparte de una forma que sorprendería a mucha gente.

A dónde se va mi semana

Aproximado, y siendo generoso con la última barra.

Dar clase y preparar
lo grande
Burocracia y papeleo
demasiado
Corregir de verdad
lo que queda

No pongo porcentajes exactos a propósito, porque varían según el centro y la época del curso. Pero el orden es ese, y la barra de en medio no para de crecer año tras año.

Programaciones, informes, memorias, actas, plataformas de gestión, protocolos, registros. Nada de eso es enseñar, y todo eso se come el tiempo que debería ir a lo que de verdad importa: mirar lo que hace cada alumno y responderle. Cuando alguien pregunta por qué los deberes a veces no se corrigen con el detalle que merecerían, la respuesta incómoda es esta: porque el tiempo que debería ir a corregir se ha ido en rellenar documentos que no lee casi nadie.

No es que no queramos corregir. Es que nos han llenado la mesa de papeles que no enseñan nada a nadie, y la corrección es lo primero que se sacrifica.

Digo esto sin acritud, porque forma parte del oficio y lo asumo. Pero es deshonesto debatir sobre deberes sin poner esta pieza encima de la mesa. La calidad de los deberes depende de la corrección, y la corrección depende de un tiempo que cada vez tenemos menos.

La brecha: dos niños, la misma tarea, resultados opuestos

Y aquí llega la parte que de verdad me quita el sueño, mucho más que la burocracia. Cuando mando una tarea para casa, esa misma tarea aterriza en veinticinco hogares completamente distintos. Y ahí es donde los deberes, que deberían igualar, muchas veces separan.

El niño con apoyo

Llega a casa, hay un adulto disponible por la tarde, alguien que se sienta a su lado, que le explica lo que no entendió, que le corrige, que si hace falta le paga una academia. Ese niño hace los deberes, y si se atasca, alguien lo desatasca.

El niño sin apoyo

Llega a una casa vacía o con los padres agotados de su jornada, que además a lo mejor no recuerdan cómo se dividía o nunca lo aprendieron. Si se atasca, no hay quién lo ayude. Así que no lo hace. Y al día siguiente ha caído un poco más atrás.

La misma tarea. El mismo profesor. Y a final de curso, una distancia enorme entre los dos que no tiene nada que ver con la inteligencia ni con las ganas. Tiene que ver con la lotería de en qué casa te ha tocado nacer. Los deberes, mal planteados, son una máquina de agrandar esa brecha, porque premian tener ayuda en casa, que es exactamente lo que no todos tienen.

Esto es especialmente grave en matemáticas, donde todo se acumula. El niño sin apoyo que no entiende las fracciones en quinto no las va a entender solo, y en sexto ya arrastra un agujero. En Lengua puedes recuperar leyendo; en mates, la laguna de octubre es el suspenso de mayo.

Entonces, ¿los deberes son malos? No. Están mal repartidos

Con todo lo anterior, sería fácil concluir que la solución es eliminar los deberes. No estoy de acuerdo, y te explico por qué desde la práctica.

Hay una parte del aprendizaje —sobre todo en cálculo— que solo se consigue con práctica repetida, y esa práctica no cabe entera en las horas de clase. Un alumno necesita automatizar las operaciones, y eso son repeticiones cortas a lo largo de muchos días. Quitar toda la práctica de casa perjudica, otra vez, sobre todo al que va justo: el que tiene apoyo la hará igual, por su cuenta; el que no, se queda sin ese entrenamiento.

Así que el problema no es la práctica. El problema es que la práctica dependa de tener un adulto detrás. Y ahí es donde, después de años dándole vueltas, encontré por dónde se puede cerrar un poco la brecha.

La única práctica que no agranda la brecha es la que el niño puede hacer solo.

Si una tarea necesita que un adulto la explique y la corrija, beneficia al que tiene ese adulto. Si el niño puede hacerla y corregirse él mismo, en el momento, sin depender de nadie, entonces por fin da igual la casa en la que viva. Esa es la clave de todo.

Por eso defiendo un tipo de deberes muy concreto: práctica corta, diaria, y que se corrija sola. No porque esté de moda lo digital, sino porque es la única forma que conozco de que el niño sin apoyo en casa reciba la misma corrección inmediata que el que tiene a un padre disponible. La máquina no distingue entre el hijo del abogado y el hijo del que limpia oficinas por la noche. Les dice a los dos, al instante y con la misma paciencia, si la operación está bien o mal.

No es la solución a todo. Pero es lo más parecido a un igualador que he visto funcionar en mi clase.

Lo que de verdad arreglaría el problema de los deberes

Si de mí dependiera —y no depende, pero para eso están las opiniones—, esto es lo que haría, por orden de impacto real:

Quitarle burocracia al docente antes que nada

Cada hora de papeleo que le devuelvas a un maestro es una hora que vuelve a los alumnos. Es la palanca más grande y la que menos se toca, porque no sale en los titulares.

Priorizar la práctica que el niño pueda hacer sin adulto

Deberes autocorregibles y de nivel ajustable, para que el que no tiene apoyo en casa no se quede fuera. Menos «haz esta redacción con ayuda de tus padres» y más práctica autónoma.

Coordinar entre docentes para no saturar

El agobio del alumno rara vez es por una asignatura: es porque cuatro profesores mandaron tarea el mismo día sin hablar entre ellos. Se arregla con una hoja compartida.

Medir los deberes en tiempo, no en cantidad

Diez minutos por curso, y lo que no dé tiempo no se hace. Una nota al profesor y a cenar. El maratón de dos horas no enseña más; solo cansa más.

Darles a las familias una tarea que sí puedan hacer

No pedirles que expliquen la división. Pedirles solo que garanticen el hueco, la hora y el silencio. Eso sí lo puede hacer casi cualquier familia, sepa o no matemáticas.

Y sí, la práctica diaria funciona (pero sin el eslogan)

Habrás oído mil veces lo de «quince minutos al día». Es verdad, pero se ha repetido tanto en anuncios que ha perdido el sentido. Déjame devolvérselo desde el aula: no es el número mágico, es el principio. Poca cantidad, todos los días, de algo que le salga bien. Eso consolida el cálculo mejor que cualquier maratón, y lo veo en clase constantemente — el niño que practica un poco cada tarde le saca una distancia enorme al que hace atracones el domingo.

Lo importante no son los quince minutos exactos. Es que sea diario, corto, y que el niño lo pueda hacer sin depender de que en su casa haya alguien que sepa dividir. Si además se corrige solo, has convertido los deberes en algo que iguala en vez de separar. Eso es lo que intento con mis alumnos, y es la razón por la que acabé construyendo mi propia herramienta.

Deberes que el niño puede hacer y corregir solo

Práctica de cálculo corta y diaria, del nivel de cada alumno, que se corrige en el momento sin que nadie tenga que estar delante. Para que el que no tiene apoyo en casa reciba la misma respuesta inmediata que el que sí. Con acceso para las familias que quieran acompañar.

Ver las tareas de cálculo →

¿Prefieres práctica en papel? Mira los cuadernillos por curso.

En resumen

El debate de «deberes sí o deberes no» es cómodo porque no obliga a nadie a cambiar nada de fondo. El debate honesto es más incómodo: pasa por devolverle tiempo al maestro quitándole papeleo, por diseñar tareas que el niño sin apoyo pueda hacer solo, y por medir los deberes en tiempo y no en cantidad.

Los deberes no son el enemigo. Un mal sistema de deberes, sí. Y arreglarlo no es cuestión de mandar más o menos, sino de mandar mejor — pensando, por una vez, en el niño que llega a una casa donde no hay nadie que pueda ayudarle. Ese niño es el que más necesita practicar, y el que más fácil se queda fuera. Todo lo demás son titulares.

AG
Antonio Gallego — Profesor de Educación Primaria en Málaga y fundador de Calculalo.app. Escribe sobre lo que se ve desde dentro de un aula de veinticinco alumnos.

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