Motivación · El alumno que se ha rendido

Cómo motivar a un alumno que odia las matemáticas

No odia las matemáticas. Odia sentirse tonto haciéndolas. Son cosas distintas, y confundirlas es el motivo por el que la mayoría de los intentos de motivarlo fracasan.

Por Antonio Gallego · Profesor de Primaria, Málaga

Todos tenemos uno en la cabeza. El niño que en cuanto sacas el cuaderno de mates se hunde en la silla, aparta la mirada, y si le preguntas responde con un «no sé» automático que suelta antes incluso de leer el enunciado. El que ha decidido, con nueve o diez años, que lo suyo no son los números.

Durante años intenté motivar a esos alumnos por el camino equivocado: haciéndoles ver lo útiles que son las matemáticas, buscándoles ejercicios divertidos, prometiéndoles premios. No funcionaba casi nunca. Y tardé demasiado en entender por qué.

Es que yo soy de letras. — Un niño de 5º de Primaria. Con diez años ya se había clasificado a sí mismo para el resto de su vida.

Cuando un niño de diez años te dice que es «de letras», no te está describiendo una preferencia. Te está dando una excusa que le protege. Porque si el problema es que «no vale» para las mates, entonces no tiene que intentarlo — y si no lo intenta, no puede fracasar. Es un escudo, no una opinión.

Lo que dicen y lo que quieren decir

El primer paso para motivar a este alumno es dejar de creerte lo que dice, y aprender a oír lo que hay debajo. Casi siempre es miedo disfrazado.

Dice: «Las mates son un rollo, no sirven para nada.»
Quiere decir: llevo tanto tiempo sin entenderlas que he dejado de intentarlo. Es más fácil que me parezcan inútiles que admitir que me han ganado.
Dice: «No sé hacerlo» — antes de leer el ejercicio.
Quiere decir: si digo que no sé antes de intentarlo, no me expongo a fallar delante de todos. El «no sé» rápido duele menos que el error.
Dice: «Yo soy de letras / a mí se me dan mal.»
Quiere decir: alguien, en algún momento, me hizo creer que esto es un talento con el que se nace. Y yo no nací con él, así que para qué molestarme.
Hace: se ríe, molesta, hace el payaso cuando toca mates.
Quiere decir: prefiero mil veces que me veas como el gracioso a que me veas como el tonto. Elijo yo la etiqueta antes de que me la pongáis vosotros.

Ninguna de estas cosas se arregla con un ejercicio más divertido. Todas tienen la misma raíz: una relación con las matemáticas construida sobre la sensación de no poder. Y esa sensación solo se desmonta de una manera.

El único camino: que vuelva a acertar

Suena demasiado simple, pero es literal. La motivación de un niño que odia las mates no se recupera con discursos ni con recompensas. Se recupera con una racha de aciertos. Necesita volver a experimentar, en su propio cuerpo, la sensación de que puede — y para eso hay que llevarlo, temporalmente, a un nivel donde acierte casi todo.

Esto choca con nuestro instinto de profesores. Nos parece que bajarle el nivel es rendirnos, o engañarlo. Es al revés. Es la única medicina que existe para la desmotivación matemática, y se administra en tres fases.

1

Bajar hasta donde gana

Encuentra el nivel en el que ese alumno acierta el noventa por ciento, aunque sean sumas dos cursos por debajo del suyo. No es humillante si nadie más lo sabe — y ese es el motivo por el que el papel de refuerzo repartido a toda la clase no sirve aquí: le grita al niño que es distinto.

La clave: que la tarea fácil sea invisible para los demás. Nadie tiene que enterarse de que Pablo está haciendo restas de segundo.

2

Hacer visible el acierto, no la nota

Cada acierto tiene que verlo él, al instante, sin esperar a que llegues tú. La corrección inmediata no es una comodidad técnica: para este alumno es lo que reconstruye, ejercicio a ejercicio, la sensación de que va bien. Diez aciertos seguidos que él mismo ve confirmarse en el momento valen más que cualquier cosa que le digas.

La clave: celebra la constancia, no el talento. «Llevas cuatro días seguidos», no «qué listo eres».

3

Subir tan despacio que no lo note

Cuando lleva un par de semanas ganando, subes el nivel un escalón mínimo. Tan pequeño que apenas lo perciba. Si vuelve a fallar mucho, has subido demasiado rápido: baja otra vez sin dramatizarlo. El objetivo no es que llegue a su curso en un mes, es que no vuelva a probar el sabor del fracaso durante el tiempo suficiente como para cambiar de idea sobre sí mismo.

La clave: paciencia. Tardó dos cursos en rendirse; no se recupera en dos semanas.

No se trata de que le gusten las matemáticas.
Se trata de que deje de creer que se le dan mal.

Lo primero llega solo, después, si consigues lo segundo. Nunca al revés. Un niño convencido de que no vale no va a disfrutar de nada; un niño que empieza a acertar, con el tiempo, empieza a mirar el cuaderno de otra manera.

Los cuatro errores que lo hunden más

Cosas que hacemos con toda la buena intención del mundo y que confirman al alumno justo lo que teme.

01 «Es facilísimo, venga»

Si es facilísimo y él no puede, la única conclusión posible para el niño es que él es el problema. Nunca llames fácil a algo delante de quien no lo consigue.

02 Ponerlo a competir con los rápidos

El ranking público de aciertos es veneno para este alumno. Cada semana le confirma por escrito su último puesto. A él se le compara solo con su yo de la semana pasada, con nadie más.

03 Premiar el resultado

Si el premio es por acertar, nunca lo gana, y aprende que el juego no es para él. El premio, si lo hay, es por hacer. Por intentarlo. Por volver mañana.

04 «A mí también se me daban mal»

Dicho para consolar, se oye como una condena genética: es de familia, te ha tocado, no hay nada que hacer. Cámbialo por «a mí me costaban, hasta que las practiqué lo suficiente».

Y si el que odia las mates es tu hijo, no tu alumno

Para un padre, todo lo anterior se traduce en algo muy concreto: en casa, el objetivo no es que avance, es que reconcilie. Y eso se hace con práctica corta, diaria, de un nivel donde gane. Cinco o diez minutos, ni uno más, de algo que le salga bien casi siempre.

Si eliges un cuadernillo un curso o dos por debajo del suyo, o le pones tareas online de un nivel donde acierte casi todo, no le estás poniendo las cosas fáciles: le estás devolviendo la sensación de que puede. Que es exactamente lo que perdió por el camino y lo único que necesita recuperar. Nadie ha odiado nunca algo que le sale bien.

Empieza deliberadamente por debajo. Deja que arrase durante una semana. Que note que acierta. Y solo entonces, muy despacio, sube. Lo he visto funcionar con alumnos que llegaban a quinto convencidos de que las matemáticas no eran para ellos — y no hay mejor momento del curso que aquel en el que uno de esos niños, por fin, levanta la mano.

Empieza por un nivel donde gane

Tareas de cálculo que puedes ajustar al nivel real del alumno, con corrección inmediata para que vea cada acierto en el momento. O cuadernillos por curso, para empezar por debajo y subir despacio. Las dos cosas hacen lo mismo: devolverle la sensación de que puede.

AG
Antonio Gallego — Profesor de Educación Primaria en Málaga y fundador de Calculalo.app. Cada curso le toca al menos un «yo soy de letras», y cada curso intenta demostrarle que se equivoca.

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